6. La revolución tomográfica alcanza sus últimas consecuencias
En 1993, el National Research Council, la máxima institución científica norteamericana, publicó una especie de compendio sobre Ciencias de la Tierra, que denominó "Solid Earth Sciences and Society". En él, y dentro del capítulo denominado Understanding our active planet, había una clara definición de la astenosfera versión Gutenberg: [...la astenosfera, una región de unos cuantos cientos de kilómetros en el manto superior caracterizada por la baja velocidad de las ondas S, donde los materiales se acercan a su punto de fusión y donde puede estar concentrado el flujo del manto... (p. 53)]. Junto a esto, una sección de la Tierra (p. 34, reproducida como figura 4A en el Documento 5) en la que la astenosfera simplemente ha desaparecido. ¿Motivo? La circulación total en el manto, denunciada por la tomografía sísmica al detectar subducción hasta el núcleo. Tras el trabajo pionero de Dziewonsky y Woodhouse en este sentido, hubo un aluvión: Tackley et al. (1993), Vidale (1994), Wysession (1996), Van der Hilst et al. (1997), resumidos por Kerr en 1997 en una noticia de reminiscencias aventureras: 20.000 leguas bajo la Tierra.
Por fin, y puesto que todo el manto fluye, los datos habían convertido en innecesario un nivel donde se concentrase el flujo del manto. La astenosfera no había sido la única víctima de este avance: las dorsales también habían sido destronadas, y por el mismo motivo: si la subducción llegaba al núcleo, también las corrientes ascendentes deberían surgir de él, y todos los datos (tanto tomográficos como geoquímicos y dinámicos [p. ej., Ziegler, 1993]) indicaban que las dorsales tenían fuentes de alimentación someras, salvo en las áreas (como Islandia) que coincidían con un punto caliente.
Así pues, la situación transicional que representaba "Solid Earth Sciences and Society" ha durado poco. En un libro sobre dinámica terrestre publicado en 1999 ("Dynamic Earth", del australiano G.F.Davies) podemos leer:
[¿Un nivel de despegue?
La idea de que las placas se deslizaban sobre un nivel de muy baja viscosidad situado bajo la litosfera se originó al principio de la historia de la tectónica de placas. Sin embargo, el argumento que acabamos de presentar [que el esfuerzo requerido para que el manto sublitosférico arrastre las placas no precisa de un nivel de baja viscosidad entre ambos] demuestra que tal nivel es innecesario para explicar los movimientos de las placas. De hecho, las velocidades de éstas pueden ser justificadas en términos generales con un manto de viscosidad uniforme. Además, y como ya se demostró, una capa de unos 100 km de espesor no sirve como nivel de despegue a no ser que su viscosidad sea tres o cuatro órdenes de magnitud menor que la del manto adyacente. (p. 330)]
Este epitafio es el preludio del tiempo actual, en el que el término mismo de astenosfera empezará a desaparecer del léxico geológico. Paul Tackley, uno de los pioneros de la tomografía del manto, ha escrito (Tackley, 2000, Doc. 8) para la revista Science un artículo de revisión de estos temas que comienza con las siguientes palabras, no novedosas pero sí muy claras:
[La convección en estado sólido del manto terrestre (2.900 km de espesor) es el mecanismo motor de la tectónica de placas y de toda la actividad geológica asociada a ésta en la superficie de nuestro planeta, como son la deriva continental, la sismicidad, el vulcanismo y las orogenias. La convección en el manto y la tectónica de placas constituyen un solo sistema, en el que las placas oceánicas son la cubierta térmica superior, enfriada en la convección. El motor del lento movimiento de las placas y del manto es el calor radiactivo y el enfriamiento residual del planeta a través de sus 4.500 millones de años de historia. (Doc. 8, p. 2002)].
Ya no hay menciones a la astenosfera, sino radiografías del manto en las que aparecen superplumas y superzonas de subducción (Doc. 8, Fig. 3). De cara al futuro, se podría discutir la posibilidad de mantener el término en su sentido original (el de Barrell: todo el manto por debajo de la litosfera). Sin embargo, esa opción (semejante a la de mantener otros términos, como el de geosinclinal, con acepciones limitadas) supondría introducir una seria ambigüedad en toda la Geología del siglo XXI. La esfera débil seguirá persistiendo unas décadas, por inercia, hasta su total desaparición; un perfecto ejemplo histórico de las prisas que nunca deberían llevar los científicos, ni siquiera durante las revoluciones. Sería aconsejable que no persistiese en los libros de texto durante tan largo tiempo.
1. Raices históricas / 2. Primeras escaramuzas / 3. Voces de alarma / 4. La etapa de transición
5. Últimos clavos / 6. La revolución tomográfica / 7. Preguntas formuladas/ Bibliografia
© Francisco Anguita y Josep Verd (2001)
AEPECT (Asociación Española para la Enseñanza de las Ciencias de la Tierra)
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