4. La etapa de transición: los geofísicos miran hacia otro lado
La década de los 90 trajo enormes avances en Geofísica, en especial la tomografía axial por ordenador, que permitió radiografiar el interior de la Tierra. Para el tema de la astenosfera, esto supuso un trance crítico: ahora ya no se podía hablar de las esperanzas de que el nivel de baja velocidad sísmica se confirmase en el futuro, porque el futuro había llegado. Como vamos a ver, esta revolución tecnológica resultó demoledora para la idea de Gutenberg; sin embargo, como todas las revisiones, aunque sean parciales, de un paradigma, ésta no se produjo fácilmente. Por ejemplo, en dos trabajos publicados (en 1982 y 1986) en la prestigiosa revista Tectonophysics, un grupo de geofísicos de universidades noruegas y suecas seguían aceptando la existencia de astenosfera entre unos 100 y 400 km (Doc. 5, Fig. 5A), a pesar de que sus datos (Doc. 5, Figs. 5B, C, D) decían lo contrario: que este nivel (y también la litosfera) estaba ocupado por un revoltillo de zonas con diferentes velocidades sísmicas, unas mayores y otras menores que la media del manto. En otras palabras, que las zonas más calientes (y por tanto más susceptibles de fluir) no formaban un nivel continuo, sino islas térmicas separadas entre sí por zonas rígidas.
Esto es ya evidente en el primero de estos trabajos (Husebye y Hovland, 1982), pero llega a su colmo en el segundo (Husebye et al., 1986), que es mucho más detallado pero que, sobre todo, tiene el pecado añadido de formar parte del proyecto más ambicioso de la historia de la geofísica en Europa: la "Geotransversal europea" (European Geotraverse), una sección tomográfica de todo el manto superior desde el Cabo Norte hasta el Mediterráneo. Hubiese sido un momento excelente para desmontar la parte astenosférica del paradigma, pero probablemente esto es mucho más de lo que se puede pedir a un proyecto multinacional y multimillonario: hay demasiada política en la Big Science como para aspirar a que acoja revoluciones en su seno.
Esta misma línea de ambigüedad (el mirar hacia otro lado como parábola de la actitud de ignorar un problema) ha dominado los estudios del manto a lo largo de la mayor parte de la década de los 90. Algunos autores (p. ej., Solarino et al., 1996) han seguido enfatizando el carácter regional de las anomalías de velocidad sísmica en el manto superior; otros más, como Garetskii et al. (1996), Perchuc y Thybo (1996) y Pavlenkova (1996), han subrayado además la existencia de diversos niveles de baja velocidad en el manto superior. La característica común de estos niveles es su pequeño grosor (en general entre 15 y 30 km): 65 a 80, 80 a 100, 90 a 100, 95 a 120, 120 a 140, o 140 a 160 km. Ninguna sorpresa: Hales y Bloch (Documento 2) ya sospechaban lo mismo veintisiete años antes. Naturalmente, esta diversidad sólo es coherente si esos niveles son discontinuos (Perchuc y Thybo hablan de extensiones horizontales menores de 20 km) o incluso inexistentes: el grupo de Garetskii reconoce que bajo algunos cratones simplemente no existe ninguna capa de baja velocidad [Under the continents, its occurrence is not ubiquitous. (p. 479)], a pesar de lo cual realizan, en la introducción de su artículo, una detallada historia de la astenosfera entendida como nivel de baja velocidad sísmica.
En su conjunto (y aun sin pretenderlo), estas interpretaciones de los retrasos de las ondas sísmicas hacen insostenible la versión tradicional de la astenosfera que figura aún en nuestros libros de texto: aunque la existencia de células convectivas de miles de kilómetros de anchura y sólo 200 de profundidad fue desde el principio una propuesta inaceptable, incluso en la tectónica de placas clásica, la solución advectiva (la astenosfera como un nivel no convectivo pero sí de despegue) ha seguido formando una parte básica del paradigma movilista. Sin embargo, los datos de los 90 han hecho indefendible también esta última posición. Si bien podemos imaginar un nivel de despegue de 200 km de espesor, es difícil que uno de 20 km sirva para este propósito, porque el rozamiento sería demasiado grande; menos aún si el nivel en cuestión es una serie disjunta de manchas térmicas. Y en todo caso, y puesto que se reconocen múltiples capas de baja velocidad, ¿cuál sería el significado físico de las otras, algunas de ellas situadas en plena litosfera? Estas paradojas, sin embargo, no se explicitaban en ninguno de los trabajos que las hacían inevitables.
1. Raices históricas / 2. Primeras escaramuzas / 3. Voces de alarma / 4. La etapa de transición
5. Últimos clavos / 6. La revolución tomográfica / 7. Preguntas formuladas/ Bibliografia
© Francisco Anguita y Josep Verd (2001)
AEPECT (Asociación Española para la Enseñanza de las Ciencias de la Tierra)
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