2. Primeras escaramuzas astenosféricas
El tectónico canadiense John Tuzo Wilson había sido el primero en proclamar (en 1967) que se había producido una revolución en las Ciencias de la Tierra. Vladímir Vladimírovich Beloussov, jefe de filas de los tectónicos soviéticos, le replicó que las Ciencias de la Tierra no podían basarse sólo en la geología de las cuencas oceánicas, por importantes que fuesen los descubrimientos recientes. Entre un sinfín de objeciones contenidas en el debate que ambos sostienen en 1968 en la revista Geotimes, plantea una sobre el motor, el gran escollo en el que tropezó Wegener: [Nadie ha demostrado que las corrientes de convección profundas, que son necesarias para su teoría, existan realmente, o incluso que puedan existir. Doc 3, p 17]. Responde Wilson: [Si el flujo ocurre, tiene lugar en la astenosfera o nivel de baja velocidad de la sismología (Anderson, 1967), que se encuentra entre los 50 y unos pocos cientos de kilómetros de profundidad. Doc 3, p 22].
El primer punto a observar es que la confusión ya se ha producido, porque Wilson utiliza como idénticos dos conceptos muy distintos: un nivel (la astenosfera) definido de forma puramente teórica y sin ninguna base observacional, y otro (el nivel de baja velocidad sísmica), que como acabamos de ver está prendido con alfileres de datos de tan poca calidad que su nivel inferior queda en el limbo. Podemos imaginar que en estos "pocos cientos de kilómetros de profundidad", Wilson está intentando meter como puede dos conjuntos disjuntos de datos sísmicos: los que permiten detectar una zona de sombra hasta unos 250 km de profundidad, y los batiseísmos que Hugo Benioff y otros autores han detectado hasta los 670 km en la orla circumpacífica. Estas peras y manzanas seguirán siendo una china en el engranaje de la tectónica de placas durante los siguientes treinta años.
El segundo punto de interés es el condicional con el que Wilson comienza su respuesta: la astenosfera, mal definida y peor entendida, se ha convertido en un elemento necesario de la nueva tectónica global (porque, podría parafrasearse, si la astenosfera no existe, ¿dónde tiene lugar el flujo?). Ya no sólo necesario como en 1914 para justificar la isostasia sino, aún más importante, para que los continentes puedan moverse, como está claro, por tantos datos, que lo hacen.
Podemos entender que Vladímir Vladimírovich no quedase convencido. En 1979 se enzarzó en otro debate abierto (en la revista EOS) con Sengör y Burke, dos tectónicos de la Universidad de Nueva York. En el cual salió del armario el viejo fantasma de las diferencias entre el manto que hay bajo los continentes y el existente bajo los océanos. Beloussov argumenta: [Los datos sísmicos (Sipkin y Jordan, 1975) indican que las diferencias entre la estructura profunda de los continentes y los océanos se extiende hasta profundidades mínimas de 400 kilómetros. p 208]. Estas diferencia aludían a la dificultad (reconocida por Hales en el apartado anterior) de encontrar baja velocidad sísmica bajo los continentes antiguos. Si la litosfera bajo algunas zonas continentales (los cratones) alcanzaba los 400 km de grosor, el nivel de baja velocidad sísmica, que (cuando se podía detectar) terminaba hacia los 250 o 300, no servía en absoluto como nivel de despegue. Los continentes estarían "anclados" (mediante lo que después se empezaron a llamar keels, "quillas") en el manto profundo. Y, si (para resolver este problema) se prolongaba la astenosfera hasta los 670 km, ¿qué significaba entonces el nivel de baja velocidad sísmica? Oigamos la respuesta de Sengör y Burke: [Las pruebas sísmicas de la existencia de raíces de 400 km bajo algunos continentes no son incompatibles con la tectónica de placas, como explican claramente Sipkin y Jordan (1975). Sin embargo, estudios posteriores parecen indicar pequeñas diferencias entre el manto subcontinental y el suboceánico. El cambio de interpretación se debe en parte a la apreciación de la dependencia de la atenuación sísmica con la frecuencia, y en parte al reconocimiento de que el carácter de los registros sísmicos de las islas oceánicas es quizás atípico. p 208]. En suma, una hermosa manera de escudarse en tecnicismos para no decir nada; es importante subrayar que, aunque EOS es una revista leída sobre todo por geofísicos, el debate tenía un tono muy general, y en su presentación se advertía que muchos de sus lectores ni siquiera estarían familiarizados con la tectónica de placas: es decir, una excelente ocasión perdida para argumentar con claridad sobre el estado físico del manto bajo los continentes y los datos sísmicos.
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1. Raices históricas / 2. Primeras escaramuzas / 3. Voces de alarma / 4. La etapa de transición
5. Últimos clavos / 6. La revolución tomográfica / 7. Preguntas formuladas/ Bibliografia
© Francisco Anguita y Josep Verd (2001)
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